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Cómo se rompió un mundo: desplazamiento geoeconómico, revolución tecnológica y crisis de la democracia

En los noventa el futuro era completamente distinto. Democracia, globalización y liberalismo parecían convertirse en destinos ineludibles, se prometía prosperidad y libertad como certeza. En Chile la llegada de Patricio Aylwin al poder parecía completar los procesos de transición a la democracia en América Latina, dejando a Cuba como un dinosaurio aislado en medio del Caribe. La caída del Muro de Berlín, y la desaparición de la Unión Soviética, con la posterior expansión del capitalismo liberal y de la democracia en Europa del Este, parecía formar parte de una ola global que transformaría al mundo en una estructura más libre y homogénea.
Dos obras pueden expresar la visión ingenua de aquel momento. La de Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre, publicada en 1992, mostraba que no existía alternativa futura a la democracia y al capitalismo liberal, que las grandes disputas ideológicas que habían marcado al mundo desde 1789 ya habían sido resueltas en una síntesis democrático liberal ineludible.

El otro texto que marcó época fue La tercera ola: democratización a finales del siglo XX, publicado en 1991, donde se adentraba en el estudio de las diversas olas de democratización desde el siglo XIX, hasta llegar a configurar un mundo democratizado. Una de las ideas recurrentes en los noventa, no expresada por Huntington, pero común entre muchos pensadores, era el hecho de que la democracia, una vez que llegaba a su momento de consolidación, se convertía en un proceso casi irreversible, era el «único juego en el tablero».
La posición de dominio de Estados Unidos era inédita. La desaparición de la Unión Soviética, su competidor sistémico, dejaba a la hiperpotencia americana como el gran hegemón global. Se encontraba a la cabeza de una institucionalidad internacional que había contribuido a construir desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Era el principal promotor de la globalización económica, de la eliminación de las barreras arancelarias, de la hiperconexión mundial de las economías, impulsada por las nuevas tecnologías que nos garantizarían prosperidad y libertad.
Entrando en la tercera década del siglo XXI el mundo parece haber cambiado por completo, y la imagen que tenemos hoy del futuro es mucho más oscura y menos ingenua. Cada día somos sorprendidos con las noticias de iniciativas de líderes autoritarios (electos) contra instituciones internacionales, contra población vulnerable, contra los débiles, contra los inmigrantes. Bombardeos, ataques, violaciones flagrantes del Derecho Internacional, ocurren cada día, protagonizadas incluso por líderes de países «democráticos».
Estas iniciativas parecen ser justificadas, disculpadas o aplaudidas por millones de personas. Lo que era impensable hasta ayer se convierte en nuestro día a día hoy. Se premia la crueldad y el abuso.
De igual manera, los grandes CEOs de compañías tecnológicas llenan nuestra cotidianidad con innovaciones que prometen acabar con el mundo laboral tal como lo conocemos. Ya no parecen promesas, ahora suenan advertencias y amenazas.
Los «capitanes» de la Inteligencia Artificial se convierten en vedettes mediáticos en un escenario que controlan, interviniendo en elecciones para aupar opciones radicales de ruptura con «lo establecido», pretendiendo imponer su propia visión del mundo: jerárquica e implacable.
Al mismo tiempo, un peregrinaje de dirigentes del mundo desembocan en Beijing, evidenciando que China se encuentra en el centro geopolítico. Ya nadie pregunta a Xi Jinping sobre el estado de los Derechos Humanos, mientras líderes europeos o de Estados Unidos, políticos y económicos, son recibidos como buenos clientes.

Vamos a trazar un mapa que nos ayude a comprender el mundo actual desde sus orígenes recientes. Hay tres procesos interconectados que nos ayudan a caracterizar las grandes transformaciones globales que se han desarrollado desde finales del siglo XX hasta la actualidad.
En primer lugar, estamos en presencia de un desplazamiento del eje económico mundial del Atlántico al Pacífico, fenómeno que se ha expresado en la gigantesca expansión de la economía china, que ha pasado de la periferia al centro de la economía mundial, pero también lo vemos en el crecimiento de la India y de muchos países del sudeste asiático. En estos momentos el grueso de la economía mundial circula alrededor de la cuenca del Pacífico y China ha vuelto a convertirse en el centro de gravedad del mundo económico, es ahora el taller del mundo y el motor dinámico del sistema productivo.
El segundo fenómeno es el encadenamiento sucesivo de saltos tecnológicos que van desde la expansión global de internet hasta la emergencia de la Inteligencia Artificial. Esta revolución tecnológica está transformando la manera en que el ser humano se conecta, se organiza para trabajar y se comunica. El efecto del cambio tecnológico también ha tenido un correlato en un nuevo mapa de poder en el mundo entero. La tecnología nunca ha sido neutral, impacta sobre la manera en que se distribuye el poder, y lo está haciendo en éstos momentos.
El tercer fenómeno es la crisis de la democracia y del liberalismo, tanto como proyecto cultural como una institucionalidad internacional pactada hace décadas. No sólo nos referimos a la irrupción de casos concretos de autoritarismo en las semiperiferias o periferias, sino que estamos en presencia de una creciente ola autoritaria que emerge desde el centro mismo de la política mundial. Hemos pasado de hablar de una desconsolidación democrática hasta encontrarnos en proceso de desdemocratización y autocratización en países como Estados Unidos, hasta ayer percibido como el centro de irradiación de la democracia liberal.
Esta ola autoritaria va más allá de una sucesión aleatoria de líderes autoritarios nacionales, sino que se presenta como un proceso sistémico y entrelazado, con intervención de líderes personalistas autoritarios sobre la política de otros países democráticos, tratando de imponer un alineamiento a través de una «cooperación» activa, o cooptación, entre nuevas elites autoritarias que comparten visiones, valores y un proyecto político que pasa por sustituir la democracia tal como la hemos conocido y la institucionalidad internacional tal como se había venido conformando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Estos tres fenómenos están concatenados y se alimentan unos a otros. Hay una articulación creciente entre la distribución de poder derivado del cambio tecnológico, la emergencia de los tecno-oligarcas, y la ola autoritaria global. Esta alianza entre el poder político y el poder económico no es nueva, la vivimos durante la segunda revolución industrial cuando fueron recurrentes los vínculos entre grandes capitales, los «capitanes de la industria» y los sectores políticos, hasta derivar en el imperialismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Quizás lo novedoso es el alcance mundial de dicha alianza y la profundidad de su penetración en la vida cotidiana de las personas, a través del impacto concreto de las redes sociales y de la Inteligencia Artificial.
Vamos por partes, en este artículo vamos a acercarnos a una comprensión de los dos primeros fenómenos: el desplazamiento económico al Pacífico y el salto tecnológico, lo que podríamos denominar una nueva revolución tecnoeconómica. La comprensión del impacto social, cultural y político de estos dos procesos nos ayudará a ubicar en contexto al tercer fenómeno: la crisis del proyecto político liberal-democrático y de la misma democracia como horizonte de construcción política y sociocultural.
Del Atlántico al Pacífico: la clave china

Durante muchos siglos, hasta el siglo XIX, China y la India representaban entre un cuarto y un tercio de la economía mundial, gracias en gran parte a su inmenso peso demográfico (Kenneth Pomeranz, La gran divergencia). Fue la industrialización de Europa occidental y de Estados Unidos el fenómeno que redujo sustancialmente ese peso relativo. Con el impacto de la Revolución Industrial se desarrolló la «gran divergencia» entre las sociedades del Atlántico Norte y el resto del mundo, lo que dejó a las milenarias civilizaciones de la India y China en la periferia de la economía mundial. En las últimas décadas ese proceso se ha venido revirtiendo.
La Revolución China de Mao Zedong dejó un país unificado pero empobrecido. En 1978 el PIB nominal de China representaba apenas el 1.7% de la economía mundial, encontrándose en una posición marginal en el sistema (IMF World Economic Outlook Database). En términos de paridad de poder adquisitivo la participación de China era de un 4,9% (Maddison Project Database). Esta diferencia entre ambos datos refleja la importancia del potencial productivo que China guardaba, vinculado con su demografía.
Con las reformas impulsadas por Deng Xiao Ping a partir de 1978 China inicia su proceso de expansión económica. A partir del Tercer Pleno del XI Comité Central del Partido Comunista Chino se desarrolló la estrategia de las «cuatro modernizaciones». Las comunas agrícolas fueron desmanteladas permitiendo a los campesinos vender sus excedentes en un mercado abierto. En 1980 se crearon las primeras Zonas Económicas Especiales (ZEE), Shenzhen, Shantou, Zhuhai y Xiamen, diseñadas como laboratorios de experimentación capitalista para atraer inversionistas extranjeros interesados en usar mano de obra barata. La fundación de Huawei en 1987, en Shenzen, en la provincia de Cantón, representa un hito significativo. Lo que empezó siendo una zona de manufactura de bajo costo y electrónica de consumo, terminó convirtiéndose en área de desarrollo de un conjunto de multinacionales concentraba producción masiva de microchips y componentes de base para el desarrollo tecnológico. Con este crecimiento económico China llegó a convertirse en 1990, por PIB nominal, en la undécima economía del mundo, con 397 mil millones de dólares (datos del Banco Mundial), siendo aún un país de ingresos bajos pero apetecible campo para los inversionistas extranjeros, que lo veían como un espacio de oportunidades para la maquila.

Pero China preparaba otra vuelta de tuerca. La tierra de oportunidades atrajo efectivamente a grandes capitalistas occidentales. La revolución de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), de la que hablaremos en la segunda parte, así como la reducción de los costos de transporte, propiciaron una deslocalización de la industria y del conocimiento, las empresas de los países ricos enviaron sus conocimientos técnicos y de gestión a los países con salarios bajos. Esto generó una nueva forma de competencia, uniendo tecnología occidental con salarios bajos asiáticos: repentina industrialización en Oriente, desindustrialización de los países centrales de Occidente, que se convertían en economía de servicio y consumo, incrementando sus niveles de desempleo.
La estructura de la economía asiática a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa era sustancialmente distinta a la actual. Japón era el centro económico regional, teniendo un PIB mayor que el resto de las economías asiáticas juntas. Tras ese período la economía japonesa se estanca mientras que China, India y los denominados Tigres Asiáticos crecen de manera vertiginosa. El centro de equilibrio regional se desplaza.
Entre los años noventa y 2000 China pasa de ser una maquila industrial a convertirse en un gran centro de exportación. En 1992 Deng Xiao Ping redobló su apuesta por el desarrollo de las zonas costeras del sur de China. En 1994 el sistema de cambios múltiples fue eliminado y el yuan se devaluó en un 44%, haciendo a las exportaciones mucho más competitivas en el mercado internacional.

En 1997 Hong Kong fue devuelta a China, lo que representó un importante retroceso en las libertades de los hongkoneses pero también la absorción de un bastión financiero y logístico para la intermediación comercial con el resto del mundo. En 1999 la iniciativa Go Global incentivó que empresas chinas, como Huawei y ZTE, compitieran globalmente.
La expansión asiática no se limita a China. A partir de 1991 la India emprende un conjunto de reformas estructurales, distintas a las chinas, pero convergentes en materia de liberalización de mercados y apertura al capital extranjero. En medio de una crisis económica, un fenómeno recurrente, el primer ministro P.V. Narasimha Rao nombró a Manmohan Singh como ministro de economía, presentando el 24 de julio un programa de reformas, el «Presupuesto épico», que se proyectaba sobre tres pilares, la liberalización, la privatización y la globalización (LPG). Se abrieron sectores como la banca, los seguros y las telecomunicaciones a los capitales privados, se abolieron las tradicionales licencias industriales, se redujeron los aranceles de importación del 125% al 25%, se devaluó la rupia y se creó la SEBI para regular los mercados de capitales. La economía india empezó a crecer de manera sostenida.

China e India representan dos modelos distintos de crecimiento en Asia. La primera desarrolla una estrategia de crecimiento industrial dirigida desde el Estado, orientada a las exportaciones, sostenida sobre mano de obra barata, pero invirtiendo progresivamente en un cambio cualitativo de su plataforma industrial exportadora, cada vez más vinculada a la ciencia y la tecnología.
En cambio, el centro del crecimiento de la India es el sector servicios. El Estado ejerce un rol de regulador parcial, bajo un régimen democrático la fricción política es mayor. La industria manufacturera india absorbe poca mano de obra respecto a la industria china. Mientras las fábricas chinas absorben casi trescientos millones de trabajadores la economía india tiene un gigantesco sector informal, un creciente sector de servicios, con una manufactura rezagada. En China 800 millones de personas han logrado salir de la pobreza, en la India ésta se ha reducido, pero alrededor de la cuarta parte de la población sigue siendo pobre. China es un exportador industrial dominante, mientras la India es un exportador de servicios, con una inserción comercial menor. A pesar de ello la India contribuyó en 2024 con el 17% del crecimiento económico global, y esta cifra podría alcanzar el 20% para 2030.
Volvamos a revisar el proceso de conversión de China en el motor de la economía asiática y global. Tras largos procesos de negociación y presión en el año 2001 China es admitida en la Organización Mundial de Comercio (OMC), a pesar de que su régimen autoritario violaba sistemáticamente parámetros establecidos por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en materia de libertad sindical y normas económicas de libre competencia. Esta incorporación no sólo fue impulsada por el gobierno chino sino que fue acompañada por los intereses de grandes grupos empresariales de occidente interesados en normalizar a China dentro del sistema económico global. También hubo quienes sostuvieron que el crecimiento económico chino crearía las condiciones para una democratización del sistema. Esa profecía no se cumplió.

En 2002 China tenía más de 83 millones de personas trabajando en su sector manufacturero. En ese mismo año todos los países del G7, en conjunto, tenían 53 millones de trabajadores en el mismo sector. Para 2009 el número había alcanzado en China a 99 millones de trabajadores (Bureau of Labor Statistics – BLS, reporte sobre manufactura en China en Banister, 2005). El boom manufacturero chino se sostiene sobre el trabajo de 287 millones de migrantes estacionales provenientes de las zonas rurales que llenan las ciudades de la costa (Julia Chuang, Beneath the China Boom, 2020).
Para 2004 China superó los niveles de exportación de Japón, en 2007 deja atrás a Estados Unidos y en 2009 a Alemania (UN Comtrade / WTO Trade Statistics). Los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008 funcionaron como un «lavado de cara» del régimen autoritario frente al resto del mundo, pero el rol que jugó inmediatamente después cambiaría su posición de una economía emergente a una potencia sistémica.

La recesión mundial de 2008-2009, que volatizó cientos de millones de dólares en el mundo, trayendo consigo cierre masivo de empresas, pérdida de millones de empleos, tuvo un impacto acotado en el gigante asiático. China no sólo redujo el contagio interno gracias a un sector financiero intervenido, sino que contribuyó posteriormente a la recuperación de otras economías asiáticas de la recesión. La demanda china se convirtió en tabla de salvación de los Tigres Asiáticos, por ejemplo, que incrementaron su vinculación con la economía china tras la recesión.
El impacto inicial fue importante. Las exportaciones se contrajeron sustancialmente entre septiembre y noviembre de 2008. Sin embargo, la respuesta política cambió el rol de China en la geopolítica global. Mes y medio después del colapso de Lehman Brothers el gobierno chino anuncia un paquete de estímulo de 580 mil millones de dólares, 14% de su PIB.
El resultado marcó un contraste. La economía mundial, que había crecido 2,8% en 2008, se contrajo en 0,6% en 2009. Las economías «avanzadas» (centrales) cayeron un -4% en 2009. El PIB de China se expandió en 9% durante ambos años. El incremento de la demanda china fue factor clave en la recuperación asiática. La economía china demandó masivamente materias primas, componentes industriales y bienes de capital.
Al momento de tomar acciones coordinadas para evitar el colapso de la economía global, China colaboró con Estados Unidos y con los otros países del G20 desde noviembre de 2008.

De este modo, la crisis de 2008 demostró que el centro de gravedad de la economía mundial se estaba desplazando. Estados Unidos y Europa tardaron años en recuperarse, mientras China mantuvo su crecimiento, contribuyendo a la recuperación de las otras economías de su región. Las economía asiáticas representaban el 30% del PIB mundial en 2000. Para el año 2025 esta cifra alcanzó el 50%.
A partir del 2012 vemos el más reciente giro del régimen autoritario chino. Con Xi Jinping se lanza la Iniciativa de la Franja y de la Ruta (BRI), una estrategia global de inversión en infraestructuras que busca asegurar el acceso de China a los recursos que necesita para sostener su economía, haciendo explícito su disputa sobre áreas de influencia en todo el mundo, desde África hasta América Latina, controlando mercados, construyendo una cadena de proveedores de materias primas imprescindibles para una economía que se estaba transformando, invirtiendo internamente en innovación tecnológica.

Este salto hacia una potencia tecnológica y científica corresponde a la etapa más reciente en su desarrollo. En 2015 se anuncia el plan Made In China 2025, para liderar sectores como la robótica, los vehículos eléctricos y la inteligencia artificial. En 2020 China se convirtió en el líder mundial en solicitudes de patentes, acumulando un 49,6% del total mundial (World Intellectual Property Indicators 2021).
La expansión comercial y el establecimiento de alianzas globales traen consigo el fortalecimiento del papel de China en todo el mundo. Progresivamente se convierte en el principal socio comercial de la mayor parte de los países, desplazando a Estados Unidos y a los países europeos.

Eso no quiere decir que sean trigo limpio. China es una potencia autoritaria y las inversiones chinas en infraestructura siguen patrones extractivistas de recursos en regiones como África o América Latina, conectando zonas de producción de minerales, por ejemplo, con puertos de exportación. No es la creadora de este patrón, dado que el Imperio británico empleó estrategias similares. Establece patrones de dependencia global para asegurarse acceso a los recursos imprescindibles para el cambio que está dando en su modelo de crecimiento. Es un gobierno autoritario que ha usado la tecnología para fortalecer el control sobre su población y que fortalece su posición geopolítica a escala global.
Sin embargo, económicamente, si trazamos una línea desde la muerte de Mao hasta hoy la curva ascendente de China es impresionante. Pasó de representar el 1,7% del PIB global en 1978 hasta alcanzar un 18% en 2024. Desde 1978 su crecimiento económico promedio es del 9% interanual, lo que implicó sacar de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas. China pasó de ser una economía de bajos ingresos a finales de los setenta del siglo XX a convertirse en un país de ingresos medio-altos en 2024. Si partimos desde 1990, en términos de paridad del poder adquisitivo, la economía china ha crecido un 3.875%, convirtiéndose no sólo en la gran fábrica del mundo, sino compitiendo ahora en términos de innovación y desarrollo tecnocientífico.
En 2024 la fuerza laboral china superó los 734 millones de personas, de las cuales 470 millones trabajan en áreas urbanas (Statista / NBS China). Desde 2010 se ha reducido el porcentaje de población ocupada en el sector primario del 36,7% hasta llegar al 22,8% en 2023. El sector de servicios ya absorbe el 48% de sus trabajadores, lo que nos habla también del crecimiento del consumo interno y de su inmensa clase media. A lo largo de cuatro décadas China sacó a más de 800 millones de personas de la pobreza (World Bank / AMRO Asia), es decir, el 75% de la reducción de la pobreza global entre 1981 y 2020 se debe al cambio de la economía china.
Yuen Yuen Ang en su libro How China Escaped the Poverty Trap sostiene ideas interesantes sobre el desarrollo chino, más allá del recurrente debate entre «planificación centralizada» o «libre mercado» plantea una interpretación más dialéctica, un proceso de coevolución adaptativa entre las instituciones estatales y los mercados, que fue impulsada por lo que denomina una improvisación dirigida (directed improvisation).
De este modo China se ha convertido en la locomotora que impulsa el ascenso de la economía asiática y el giro de la economía mundial hacia el Pacífico. Pero la emergencia asiática tiene también motores semiperiféricos. Hemos mencionado al gigante indio, recorramos ahora a los denominados Tigres Asiáticos.

Entre los años cincuenta y los años noventa del siglo XX las tasas de crecimiento de Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán superaron el 7% anual, dando el salto de ser economías subdesarrolladas hasta convertirse en economías de altos ingresos. Singapur y Hong Kong llegaron a convertirse en centros financieros, al tiempo que Taiwán y Corea del Sur se convirtieron en líderes de manufactura de componentes y dispositivos electrónicos.
Taiwán es hoy en día el gran productor mundial de semiconductores. La empresa Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) es la fundición de semiconductores independiente más grande del mundo, absorbiendo la producción mundial de circuitos integrados avanzados.
Considerada una provincia rebelde por parte de China, y protegida por Estados Unidos, Taiwán produce alrededor del 90% de los chips avanzados, imprescindibles para el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Este es uno de los ámbitos más importantes de conflicto geopolítico actual.
Este desplazamiento geoeconómico desde el Atlántico hacia la cuenca del Océano Pacífico, con China / India como pivotes centrales, ha ocurrido al mismo tiempo que se ha desarrollado una revolución tecnológica y económica que no sólo transforma la manera en que nos organizamos para producir, transformar y comerciar, sino que presiona con fuerza a la organización política, a los Estados, incrementando la vulnerabilidad de los regímenes democráticos. En la próxima parte vamos a detenernos en esta revolución.
El salto: una revolución tecno-económica

Es común decir que una golondrina no hace verano, de igual manera, una innovación técnica no es suficiente para considerar que se está en presencia de una revolución tecnológica. Justamente, una de las características de la revolución industrial es el inicio de la rutinización de la innovación, que se convierte en parte del sistema productivo industrial.
Ahora bien, si estamos en presencia de una aceleración sistémica del crecimiento económico de una sociedad, determinada por una transformación tecnológica que se inserta en el tejido productivo, provocando no sólo un salto cuantitativo, sino también una transformación cualitativa, ya estaríamos en presencia de una revolución tecno-económica. Estos cambios que se inician en la producción de bienes y servicios se extienden, como una onda sísmica, a la manera en que el ser humano se organiza para producir, para convivir, hasta extenderse a la manera en que se explica su propia existencia. Esto constituye una revolución tecnológica, o tecno-económica.
Desde finales del siglo XX el mundo parece estar sumergido en ese tipo de cataclismo sistémico que, siguiendo a Javier Echeverría, se ha expresado en una transformación praxiológica de la estructura de la práctica científica, tecnológica, empresarial y política. Carlota Pérez nos recuerda que «cada revolución tecnológica ha llevado al remplazo masivo de un conjunto de tecnologías por otro, bien por sustitución o bien por modernización del equipamiento, los procesos y las formas de operar existentes. Cada una supuso profundos cambios en la gente, las organizaciones y las habilidades, cual huracán que barre con los hábitos existentes. Cada una condujo a un periodo de explosión en los mercados financieros.»
Podemos identificar varios períodos en este gran salto tecnológico. El primero se extiende durante toda la década de los noventa, hasta la crisis de las puntocom entre 2000 y 2002. Estuvo marcado por la irrupción de las nuevas Tecnologías de Información y Comunicación, las TIC, la universalización de internet como causa, efecto y expresión de la última etapa del proceso de globalización.
La informática se convirtió entonces en la base infraestructural de la economía mundial tras la aparición de la World Wide Web en 1990 y el desarrollo de la microelectrónica de consumo. En ese marco surgieron grandes gigantes digitales, como Amazon en 1995, Google en 1998, en el mismo año que Alibaba.

El 1º de enero de 1995, tras la finalización de las dilatadas rondas de negociación del GATT, surge la Organización Mundial de Comercio (OMC), se generalizaron las transacciones sostenidas sobre lo que se dio en llamar la «Nueva Economía», conduciendo a una gigantesca burbuja financiera que explotó a finales de esa década.
Esta irrupción cambió la distribución del poder dentro de las sociedades previamente industrializadas, despegándose la remuneración de los «superejecutivos», con claridad en EEUU y el Reino Unido, abriéndose una brecha con el salario medio de los trabajadores. Al mismo tiempo, la desindustrialización de los países «centrales» generó un estancamiento de los ingresos de sus clases medias. En paralelo, en Asia mejoró el ingreso de las clases trabajadoras y emergieron nuevas clases medias. Este movimiento de tijera es una de las claves explicativas de la frustración occidental. La participación del factor trabajo, de los salarios, en el PIB global se redujo, incrementándose las desigualdades.
Este período se caracterizó, en términos geopolíticos, como un momento unipolar, un dominio sin competencia de Estados Unidos a escala global, mientras los programas de ajuste macroeconómico se imponían bajo el denominado Consenso de Washington. El estallido de la burbuja de las puntocom en 2000 y los atentados del 11S de 2001 son el punto de cierre de este ciclo.
La declaración de una guerra global al terrorismo por parte de Estados Unidos tras los atentados contra las Torres Gemelas tensionó la dinámica geopolítica e impactó sobre la tecnología.
En este segundo período vemos la consolidación de la Web 2.0, la aparición de las redes sociales, con la explosión de Facebook desde 2004, y del Big Data. Siguiendo a Shoshana Zuboff se colocan las bases para el desarrollo de un capitalismo de vigilancia. El estancamiento de las clases medias en los países centrales derivó en un crecimiento exponencial del endeudamiento privado y la multiplicación de expresiones de ingeniería financiera para poder sostener patrones de consumo, convertidos en símbolos externos de status. Debajo de la deuda la desigualdad seguía incrementándose, al tiempo que se reducía el gasto público y se iban precarizando los servicios esenciales.

El colapso de Lehman Brothers y de las hipotecas subprime provocó una gigantesca recesión que estalló en 2008, y que cierra el segundo período. A partir de ese momento vemos una tercera etapa, con la emergencia de otros fenómenos tecnoeconómicos, naciendo la denominada Industria 4.0 y la era exponencial que se caracteriza por la convergencia de tecnologías como la Inteligencia Artificial, el Internet de las cosas, la robótica avanzada, la computación en la nube y la impresión 3D.
Las políticas de expansión de liquidez, como respuesta al crac, salvan a los mercados financieros, y a las grandes estructuras bancarias, pero el costo recae sobre las clases trabajadoras que son golpeadas por la austeridad fiscal posterior. El crecimiento económico de la recuperación se reparte de manera muy desigual. En medio de esta crisis se desatan nuevos movimientos sociales contestatarios como Occupy Wall Street y el 15M.

Como respuesta al unilateralismo de Estados Unidos se organizan los países con economías emergentes y alternativas, la primera cumbre de los BRIC se realiza en 2009, en el momento que China desplaza a Japón como la segunda economía del mundo.
Se abre la cuarta etapa tras 2016 cuando se inicia la reacción nacionalpopulista, con el Brexit y Trump, coincidiendo con una Segunda Guerra Fría Tecnológica. La pandemia del COVID-19 en 2020 tuvo un impacto en el uso de la tecnología, con una digitalización forzosa, la expansión del teletrabajo y el comercio electrónico, incrementándose el distanciamiento físico a través del uso de las plataformas.
Al tiempo se avanza en la sustitución algorítmica del trabajo, donde la irrupción de la IA y de la automatización empieza a amenazar a los trabajadores de cuello blanco y los administrativos y profesionales.
En ese momento se consolidan gigantescos bloques corporativos tecnológicos. como al GMAFIA (un acrónimo por Google, Microsoft, Amazon, Facebook, IBM y Apple) en Estados Unidos y el BAT (Baidu, Alibaba y Tencent) en China.

La vinculación entre los cambios tecnoeconómicos y las dinámicas de confrontación geopolítica se hacen evidentes durante este período. Estados Unidos abandona el libre comercio multilateral para defender un proteccionismo tecno-nacionalista en su competencia contra China, bloqueando la exportación de semiconductores, de chips y de tecnología. Recordemos la guerra contra Huawei.
Dos términos irrumpen, para posicionarse de allí en adelante, dándole nombre a un desgarramiento, el desacoplamiento y la desglobalización, el fenómeno de globalización parece detenerse y la competencia de bloques entre EEUU y China deriva en una progresiva pero continua desconexión geopolítica / geoeconómica entre dos mundos tecnológicos.
Se incrementa y tensiona la competencia explícita entre las potencias por el control de nodos de infraestructura física y digital, así como por los recursos básicos para sostener el desarrollo de la tecnología. La geografía importa, y la tecnología informática, la nube, se sigue sosteniendo sobre el control de recursos físicos concretos, como el litio o las tierras raras. Los conflictos abiertos, como la invasión de Ucrania por parte de Rusia, y actualmente la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, tienen derivados que impactan sobre la economía mundial.
El ciclo actual arranca a partir de 2023 cuando nos adentramos en una era exponencial de la Inteligencia Artificial Generativa, con la eclosión de modelos cada vez más avanzado de IA y biología sintética que redefinen el mundo del trabajo, lo que entendemos por valor económico, por la producción y el conocimiento. Este desplazamiento acelerado del trabajo cognitivo, de los servicios profesionales y de la creatividad humana por asistentes autónomos y «telemigrantes», una especie de deslocalización virtual, ha sido denominado por Richard Baldwin como convulsión globótica.

Estamos presenciando una tendencia a la concentración extrema del poder económico y de cómputo en una reducida élite tecnológica y financiera, que empieza a mostrar con claridad un proyecto político de corte autoritario, que mina las capacidades del Estado de bienestar tradicional, al tiempo que fortalece vínculos con el aparato estatal de control, vigilancia y seguridad. La emergencia de un proyecto político de escala global, que combina concentración de la riqueza y del poder, sobre una base tecnológica y financiera, sostenido sobre la apropiación de datos y alquiler de espacios en las «plataformas», ha sido interpretado por algunos autores como tecnofeudalismo. Esto lo trataremos más adelante porque se vincula con la crisis de la democracia.
El antiguo ciberentusiasmo, propio de los años noventa, hoy es visto como ingenuidad, y ha sido sustituido por la tecnopreocupación, como indica Daniel Innerarity. Los regímenes políticos se ven sometidos a la tensión entre una nueva gobernanza algorítmica, autocrática / privada, y las demandas cívicas democráticas, desde arriba y desde abajo.
Reconfiguraciones de clase: interregno tumultuoso entre dos mundos

Esta revolución tecno-económica está transformando la manera en que nos organizamos para producir, la forma en la que producimos tanto nuestra vida material como simbólica, generando un nuevo mapa del poder y de la riqueza, cambiando la configuración de las estructura de las clases sociales a nivel mundial. En conjunto con el desplazamiento económico hacia Asia las consecuencias han sido profundas y globales.
La incertidumbre entre los trabajadores. Empecemos desde abajo. Los cambios en el mundo del trabajo, derivados tanto de la revolución tecnológica como de los desplazamientos geoeconómicos, incrementan la incertidumbre y la precariedad entre los trabajadores de gran parte del mundo.
Empezamos por la automatización de tareas específicas, lo que impactó en un primer momento sobre los trabajadores manuales, sin embargo, con la Inteligencia Artificial sectores que se percibían protegidos, como los administrativos, creativos y técnicos calificados, hoy se encuentran frente a una potencial amenaza de desplazamiento.
De esta manera, la actual revolución tecnológica avanza sobre el trabajo cognitivo, administrativo y los denominados servicios de «cuello blanco» introduciendo una mayor incertidumbre. Los algoritmos y la «telemigración» presionan sobre los mercados laborales. La propaganda del capitalismo de plataforma habla de flexibilidad y de trabajo autónomo, mientras la jornada laboral se fragmenta.

La sustitución del trabajo por la tecnología, el debilitamiento sindical y la austeridad fiscal impulsan hacia la periferia a una parte importante de la población, que se encuentra estructuralmente marginada o subempleada.
En Estados Unidos y en Europa occidental, la competencia de costos con China, el cambio tecnológico y la fragmentación de las cadenas de valor, se suman a una desindustrialización que cambió el paisaje de regiones como el Rust Belt estadounidense y las Midlands británicas. Los resultados electorales que le dieron la victoria a Trump, en 2016 y en 2020, así como el resultado del Brexit en el Reino Unido, se relacionan en gran parte con este nuevo paisaje. El pacto social fordista, con empleos estables e ingresos crecientes, se ha erosionado en este proceso.
Este fenómeno no solo ocurre en los países centrales, sino que afecta a regiones enteras no asiáticas, como el caso de América Latina o África, que sufrieron una «desindustrialización prematura», como lo ha señalado Dani Rodrik. La población expulsada de fábricas incipientes tiene dificultades para ser absorbida por las industrias modernas, derivando en una economía informal precarizada.
El movimiento de tijera de las clases medias. Las denominadas «clases medias» no escapan de la vorágine. Acá ocurre una interesante paradoja, mientras se estancan las clases medias de los países centrales, que se sumergen en deudas para mantener el ritmo de consumo y el status simbólico, crecen y prosperan las clases medias en países asiáticos y otras economías emergentes.
El encarecimiento de la vivienda, de la educación superior, de la energía y de la salud, ha impactado sobre las clases medias en Estados Unidos y en Europa occidental, generando una «escalera mecánica descendente» y una creciente inseguridad intergeneracional.

Esto contrasta con el nuevo paisaje del este y y sudeste asiático, ya que la instalación y expansión de los sectores manufactureros y tecnológicos impulsó una migración masiva del campo a la ciudad, una salida igual de masiva de la pobreza y un crecimiento exponencial de nuevas clases medias urbanas.
Reconfiguración de las elites globales. La base de la acumulación de capital ha mutado hacia una economía que se sostiene sobre los datos, las redes y la IA, lo que ha traído un cambio de guardia dentro de las mismas élites. El desplazamiento de los activos físicos hacia los activos inmateriales, con algoritmos y datos conductuales, ha impulsado el ascenso de una nueva elite tecnológica y financiarizada. Un pequeño grupo de megacorporaciones tecnológicas y un bloque de poder tecno-financiero concentran el capital, así como el poder derivado del mismo.
Hemos pasado de la clásica pirámide fordista hacia la conformación de «polos magnéticos» alrededor de los cuáles se establecen círculos jerárquicos de concentración de riqueza y poder. Esteban Hernández lo define de la siguiente manera:
«Este nuevo mapa es fácilmente visualizable desde la perspectiva geográfica: del mismo modo que las ciudades globales y los territorios que los circundan son los grandes ganadores de los últimos tiempos, esa misma capacidad de atracción opera en cuanto al poder económico: el sector financiero es el punto central, y alrededor de él, las tecnológicas, las cotizadas y las grandes firmas que le ofrecen soporte legal, contable, fiscal y de gestión. Pertenecer a ese núcleo o alejarse de él implica una posición social u otra, y por tanto mayores o menores recursos y posibilidades vitales. Esa brecha opera también dentro del núcleo: cuanto más dentro se esté de él, de mejor posición se gozará; cuanto más lejos, con menores opciones se contarán.» (Así empieza todo, 2020)
Las elites tradicionales, como las burguesías de base industrial, pierden terreno, disposición financiera y, lo que es más importante, incidencia o capacidad de decisión frente a fondos transnacionales y plataformas globales, convirtiéndose en clientes premium o menguando en la periferia del nuevo sistema.
Hace un cuarto de siglo los hombres más ricos del mundo eran industriales, herederos petroleros y dueños de grandes conglomerados de comunicación. En la actualidad la lista está encabezada por dueños de plataformas digitales y empresas de IA. La tecnología es la mayor fuente de concentración de riqueza, 342 multimillonarios tecnológicos concentran 2,6 billones de dólares en patrimonio. Sólo durante 2025 los magnates tecnológicos incrementaron en 600.000 millones de dólares su riqueza colectiva, creándose 46 nuevos multimillonarios en un sólo año.
La disputa geopolítica por la base material

Con esto también va mutando la relación entre las elites económicas y las políticas, con el Estado. Las tradicionales elites industriales formaban en EEUU lo que Eisenhower denominó el «complejo militar-industrial», construyendo una fuerte conexión con el Estado, proveedor de recursos y de contratos públicos.
Las nuevas elites construyen ahora una relación incluso más estrecha, que se expresa recientemente en un proyecto político ambicioso. Las primeras generaciones de desarrolladores de Silicon Valley pretendían mantenerse relativamente alejadas de las elites políticas, en una especie de retórica hippie de autonomía individual y contracultura. Pero durante los últimos años la competencia tecnológica y económica con China ha coincidido con la emergencia de un proyecto político que busca hacer uso del Estado, o tomar el control del mismo, para implantar un proyecto político de corte autoritario, que ve en la democracia un obstáculo a su particular visión de la libertad (Peter Thiel dixit).
En la medida en que el capitalismo actual está presionando los límites ecológicos de su propio desarrollo, se profundiza la competencia geopolítica por recursos claves para sostener el crecimiento de la infraestructura tecnológica.
Mantener el ritmo de crecimiento e innovación tecnológica consume una cantidad ingente de recursos, desde el agua hasta minerales claves, como el litio y el coltán, que están desigualmente distribuidos en el mundo. La elite tecnológica procede a alinearse con la estrategia geopolítica tecno-militar del Estado para asegurarse el acceso tanto a los recursos como a las redes de procesamiento.

La geopolítica de los minerales críticos y el control sobre los puntos de estrangulamiento (chokepoints) le da sentido a la alianza. Un frente de batalla lo constituye el acceso a las Tierras Raras (ETR), un conjunto de 17 elementos escasos que son indispensables para producir, por ejemplo, las baterías de vehículos eléctricos y turbinas eólicas, pantallas, fibras ópticas y superordenadores.
En el mismo sentido se encuentra la disputa por el litio. Tres países de América del Sur, Argentina, Bolivia y Chile, concentran grandes yacimientos de este mineral, lo que ha llevado a la denominación de esta zona como el Triángulo del Litio. Parte de la disputa geopolítica sobre América Latina se relaciona con el control sobre la extracción del litio. Pasa una situación similar con la explotación del cobalto en la República Democrática del Congo, que concentra el 60% de ese mineral, así como el coltán, el grafito natural, etc.

La disputa no se limita al control sobre las áreas de extracción de estos recursos clave, sino que se extiende a las rutas comerciales que unen la extracción con el procesamiento final, los espacios de su refinación y la manufactura de los componentes.
Acá también nos encontramos con la clave China, que ha concentrado gran parte de la producción y separación química de las tierras raras, desplazando a los competidores occidentales a través de estrategias de doble dumping que combinan bajos costos laborales y deslocalización de los costes ambientales. El tejido de relaciones que ha establecido China en África tiene en el control de los recursos y de las rutas de comercialización una de sus motivaciones más importantes.
La alianza entre el Estado y los sectores tecnológicos ha derivado en el establecimiento de políticas de Estado al servicio de determinados intereses del capital tecnológico. El proteccionismo se extiende. Las cadenas de suministro de microchips, la IA, las baterías y los minerales críticos han sido catalogados como asuntos de seguridad nacional. Los Estados asumen un rol activo como inversores, reguladores y planificadores, haciendo uso de leyes y subvenciones.
Toda esta dinámica estrecha los lazos entre el capital tecnológico y el aparato de coerción y defensa del Estado. El desarrollo de la IA aplicada a la tecnología militar expresa una carrera armamentística donde el Estado financia y dirige, pero también donde «capitanes de la industria» se convierten en decisores de la política. Esto se asemeja mucho al contexto que dio pie al imperialismo de finales del siglo XIX.

Esta dinámica impulsa una erosión de las bases que sustentan la vida cívica y democrática. La securitización de la vida pública, la recurrencia en el discurso belicista, la obsesión con el aumento del gasto militar y de seguridad, la reaparición de la figura retórica del «enemigo interno» para justificar el incremento de políticas de vigilancia y de coerción dentro de las sociedades, la persecución contra «el otro», ahora enfocado contra los inmigrantes, al tiempo que se desplazan recursos públicos hacia el gasto «de seguridad y defensa», restándoselo a la infraestructura que garantiza derechos sociales, como la salud pública y la educación pública, expresan una creciente autocratización de las relaciones entre gobernantes y gobernados.
Si a este coctel le sumamos que el cambio tecnológico puede desplazar a la irrelevancia a una gran cantidad de personas, la democracia corre un gran peligro. Si las élites que concentran poder económico y político se convencen de que la mayor parte de la sociedad es irrelevante para el sostenimiento de su modelo de desarrollo, el desplazamiento hacia una mayor autocratización está servido. La pretensión de «filósofos reaccionarios» que, desde su lectura de una «Ilustración oscura», pretenden sustituir a la democracia por un sistema autoritario liderado por un CEO, parten de considerar a millones de personas como irrelevantes. Este es el contexto de la crisis de la democracia como proyecto sociocultural, como artefacto construido colectivamente para administrar el poder en nuestras sociedades. Y ese es el contexto de la disputa del presente por el futuro.
Un futuro en disputa

¿Hacia donde apunta está dinámica del capitalismo tardío? ¿Sobrevivirá la democracia? En caso de que sobreviva, ¿Cómo puede llegar a mutar? Una de las características de la sensación generalizada de estar inmersos en una crisis profunda es la pérdida del sentido del futuro. Vamos a explicarnos mejor, la idea de un futuro construido colectivamente a través de nuestras acciones ha venido difuminándose entre la retórica de la salvación individual, tipo autoayuda, y el providencialismo tecnológico, que sostiene que una nueva innovación técnica nos salvará cuasimilagrosamente de un futuro oscuro o precario.
Esa pérdida de nuestra capacidad de imaginar el futuro, que Mark Fisher exploró en su idea de «realismo capitalista», ha impactado negativamente sobre nuestra confianza en las instituciones y en la capacidad de la política para transformar la realidad. Sin esa capacidad política la democracia va perdiendo vigor. Muchas personas se refugian en la trampa de la nostalgia o se sumergen en la fe religiosa.
De esa manera podemos terminar entrando en el resbaloso terreno de las distopías. Me parece interesante acercarnos a la imagen que tiene Branko Milanovic, de la configuración de una sociedad dividida en cuatro clases sociales, una sociedad tetra, como producto probable del impacto masivo de la IA. En la cúspide se asentarían los señores de la tecnología o techno lords, los grandes capitalistas, quienes poseerían y controlarían la infraestructura, los algoritmos y el capital tecnológico avanzado. En sus manos se concentrarían las riquezas y el poder.
Para identificar a quienes estarían en un segundo nivel de la jerarquía futura Milanovic usa un neologismo, aquellos con altos ingresos o altas rentas del capital que no alcanzarían a ser techno lords, serían los homoplúticos que se establecerían como elite intermedia: los plutócratas.
Por debajo tenemos a una nueva «clase media», formada por trabajadores de servicios residuales aún no reemplazados por máquinas, con ingresos más bajos e inestables marcados por la precariedad y la incertidumbre. Y en la base de la pirámide se encontraría la población «excedente», desplazados del empleo e inactivos.

Para evitar este escenario distópico Milanovic sostiene que la respuesta debe ser dada desde la política, no la generaría «naturalmente» el mercado. Propone la inversión masiva en sectores intensivos que no sean desplazados por la IA como la educación, salud, investigación científica y las artes. Sostiene también la necesidad de establecer una Renta Básica Universal (RBU) orientado al bienestar mental colectivo y unos impuestos pedagógicos y conductuales al gran capital.
Hemos recorrido las dos grandes tendencias estructurales de nuestro tiempo, el desplazamiento del eje geoeconómico desde el Atlántico Norte hacia de cuenca del Pacífico, incluyendo en esa dinámica a una amplia región que algunos denominan el Indo-Pacífico. Vemos como está profunda transformación económica tiene un correlato en la distribución global del poder.
El desacoplamiento y la desglobalización parecen apuntar hacia una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China. Autores como Graham Allison, en su Destined for War (2017), recuerdan la famosa trampa de Tucídides, en la que una potencia emergente, como lo sería hoy China, amenaza la posición de una potencia dominante en decadencia, EEUU, lo que conduciría probablemente a una gran guerra.
Hay elementos que pueden reducir las posibilidades de una gran guerra. La probabilidad de confrontación armada se reduce en la medida en que el dulce comercio entre ambas potencias convierte al otro en cliente o socio recurrente. Esos lazos comerciales reducen los incentivos para la confrontación, pero el desacoplamiento en dos esferas cada vez más aisladas apunta en dirección contraria.
Hay quienes podrían pensar que un mundo donde las grandes empresas son transnacionales, y sus accionistas pertenecen a una elite globalizada, con individuos provenientes de todas partes del mundo, haría también improbable una guerra. Algunos, cada vez menos, señalan que vivimos en un mundo donde el Estado nacional ha dejado de ser relevante y que la globalización lo torna todo fluido, haciendo de la guerra un mal negocio.
Pero el retorno de la geografía y del neoimperialismo nos habla de algo distinto. Estamos viendo nuevamente que algunas elites económicas se casan con el poder político para hacer uso de los instrumentos estatales y asegurar ventajas, controlar acceso a los recursos y a la mano de obra barata. Al mismo tiempo, unas elites políticas conciben la carrera tecnológica como una batalla entre estados, fortaleciendo sus vínculos con determinado sectores económicos punteros, para alinear intereses, haciendo uso de instrumentos proteccionistas y prácticas imperiales para controlar espacios.
En un próximo artículo nos adentraremos en la crisis de la democracia, en su retroceso a escala global, y en los escenarios de futuro…