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DIOS BENDIGA A BRASIL Y A LULA TAMBIÉN

Por Pablo Quintero ·

DIOS BENDIGA A BRASIL Y A LULA TAMBIÉN

Este domingo 4 de octubre, el gigante sudamericano acude a las urnas en una de las jornadas electorales más trascendentales de su historia reciente. La primera vuelta presidencial en Brasil no representa una simple contienda electoral por la jefatura de Estado sino una encrucijada histórica entre dos modelos de país diametralmente opuestos: la consolidación de un Brasil próspero, justo e inclusivo, o el peligroso retorno de un extremismo militarista que busca fracturar las bases democráticas de la nación con el “Bolsonarismo”.

En el centro de esta encrucijada se encuentra Luiz Inácio Lula da Silva, un líder cuya trayectoria trasciende las fronteras de Brasil para ubicarse como un ancla de estabilidad, diálogo y progreso en toda la región. Su gestión no responde a fórmulas abstractas, sino a resultados tangibles en la recuperación económica, la reindustrialización y el fortalecimiento de la soberanía alimentaria y la salud pública. La continuidad de las políticas sociales de Lula representa la garantía de que millones de familias sigan saliendo de la pobreza y de que la dignidad humana permanezca en el corazón del Estado.

Para comprender el arraigo del proyecto político liderado por Lula da Silva y su impacto transformador en Brasil, es indispensable analizar los avances concretos alcanzados a través de cuatro dimensiones fundamentales de su gestión: salud, economía, educación y política exterior.

Economía y desarrollo sustentable a través de un crecimiento con equidad. La política económica bajo la conducción de Lula ha demostrado que la responsabilidad fiscal y la justicia social no son antagónicas, sino complementarias. A través del programa Bolsa Familia, que garantiza sustento directo a más de 20 millones de familias, se ha generado un impacto directo en el consumo básico y la reactivación del comercio local. Se ha priorizado la estabilidad macroeconómica, combinada con el estímulo a la generación de empleos formales e incentivos a la producción industrial nacional y se implementaron paquetes de inversión de más de 3.500 millones de dólares para proteger empleos y promover sectores productivos estratégicos frente a las presiones del comercio global. A esto lo podemos llamar una gestión enfocada a defender su soberanía económica y reindustrialización.

El fortalecimiento del Sistema Único de Salud (SUS) constituye uno de los mayores logros en la protección de la población vulnerable.

Las transferencias monetarias y los programas sociales están condicionados al cumplimiento de controles médicos periódicos y esquemas de vacunación infantil obligatorios, lo que redujo drásticamente las tasas de mortalidad infantil. También, su gestión se ha caracterizado por el establecimiento de iniciativas como Farmácia Popular y “Mais Médicos”, garantizando el acceso a medicamentos esenciales a bajo costo o de forma gratuita, y desplegando profesionales de la salud en las periferias urbanas y regiones rurales desatendidas.

La educación se concibe en este modelo como la herramienta indispensable para romper la trampa intergeneracional de la pobreza y es por ello que el pueblo brasilero se identifica con Lula y su gestión. Dentro de las metas presupuestaria, es notable el avance progresivo al destinar el 10% del PIB a la educación pública, así como también una expansión de la red de universidades e institutos federales a lo largo de todo el territorio nacional, sumado a la continuidad de políticas de cuotas raciales y sociales que abrieron las puertas de la educación superior a jóvenes de bajos ingresos.

Brasil se ha consolidado como un actor geopolítico imprescindible en el escenario internacional y esto es gracias a Lula Da Silva que ha trabajado en la promoción del diálogo pacífico, la defensa de la autodeterminación y la articulación dentro del bloque de los BRICS, consolidando la voz de las economías emergentes. Así mismo, Lula ha levantado la bandera en la defensa de la Amazonía como prioridad de Estado y motor para la transición hacia un desarrollo sustentable, devolviendo a Brasil el papel de mediador y promotor de la integración en América Latina.

En contraposición, el avance del "bolsonarismo" y la extrema derecha neofascista plantea una amenaza seria para la convivencia republicana, los derechos sociales y la estabilidad del país frente a una ola de neopopulismos de entretenimiento político impulsados por Donald Trump. La retórica militarista, la siembra del odio social, la polarización identitaria y la incitación al asalto institucional no ofrecen respuestas a los desafíos estructurales de la nación, sino que promueven el retroceso hacia épocas oscuras de autoritarismo y desamparo para los sectores más vulnerables. Lula es la mejor opción para Brasil y para la región.

El respaldo popular hacia Lula no es fortuito. Los estudios de opinión pública de firmas de alto prestigio como Datafolha y Quaest confirman la solidez de su candidatura en la recta final de la campaña. Con un 42% de intención de voto según Datafolha y un 39% según Quaest, Lula se consolida en el primer lugar de la preferencia electoral frente al 38% y 34% obtenidos por su principal contendor de la derecha militarista. Estos datos reflejan que la ciudadanía reconoce en el veterano líder la experiencia y madurez necesarias para conducir el destino de la nación en tiempos inciertos.

Este domingo 4 de octubre no solo se elige un presidente; se decide el rumbo ético y social de un gigante latinoamericano. Que la cordura, la fraternidad y el compromiso democrático se impongan en las urnas. Por la paz de la región y el bienestar de su gente: Dios bendiga a Brasil y a Lula también.