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El dilema de la rodilla: Lo que la ejecución de Mance Rayder en Game of Thrones nos enseña sobre la política en Venezuela.

Por Pablo Quintero ·

El dilema de la rodilla: Lo que la ejecución de Mance Rayder en Game of Thrones nos enseña sobre la política en Venezuela.

En los momentos previos a su ejecución por orden de Stannis Baratheon, un rey desesperado por legitimidad, Mance Rayder, el hombre que unió los pueblos libres sin heredar trono y que logro construir su legitimidad desde abajo, entabla un diálogo magistral con el self-made man, Jon Snow. Stannis exige un acto simbólico elemental pero absoluto: hincar la rodilla a cambio de la sumisión y de integrarse a las filas de un rey, Mance obtendría de este gesto la salvación de su vida y la integración de su pueblo en tierras más cálidas frente al invierno que se avecina. Jon Snow, guiado por una visión consecuencialista y utilitaria, le increpa: “Uniste a noventa clanes... ¿No es su supervivencia más importante que tu orgullo?”. Mance, impertérrito ante eso, responde tajante: “¿Orgullo? Al diablo con mi orgullo... Me siguieron porque me respetaban y porque creían en mí. El momento en que me arrodille ante un rey del Sur, todo eso desaparece”. Al final, Mance remata su filosofía con una declaración de autodeterminación absoluta: “La libertad de cometer mis propios errores es todo lo que siempre quise”. 

Este intercambio condenso una de las grandes tensiones del pensamiento político universal: la pugna eterna entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad formuladas por Max Weber en La política como vocación (1919). Mientras Jon Snow encarna la perspectiva pragmática de la política donde la preservación de la vida justifica la transigencia con el poder establecido, Mance representa el valor constitutivo de la legitimidad de origen y de ejercicio. Para el líder de los Salvajes, la autoridad no reside en un título dinástico ni se hereda por decretos; reside en un pacto de confianza no escrito entre el líder y su comunidad de seguidores. Arrodillarse no es un simple gesto estratégico: es la disolución ontológica de su liderazgo. Es la muerte de la confianza.

Desde la óptica de la psicología social y la filosofía política, la escena pone de manifiesto la diferencia fundamental entre la coacción y la autoridad. Michel Foucault, en Defender la sociedad (1976), sostiene que el poder no es un objeto que se posee sino una red de relaciones asimétricas que se ejercen. Stannis posee la fuerza bruta, la espada y el fuego, sin embargo, carece de la capacidad de doblegar la voluntad de Mance. La paradoja del tirano es que, cuando el subordinado decide que prefiere la muerte antes que la sumisión la fuerza deja de funcionar como herramienta de persuasión. 

Hannah Arendt, en Sobre la violencia (1969), matiza que la violencia aparece precisamente donde el poder legítimo está en riesgo de desaparecer. ¿Cuántas veces hemos visto esto en la política venezolana? Una pregunta breve para la reflexión. Stannis necesita la genuflexión de Mance porque la sumisión del líder legitima la dominación del soberano. Mance comprende que la legitimidad es frágil: una vez que el líder traiciona el principio integrador que le dio origen como es en su caso, la libertad absoluta de los clanes frente al absolutismo sureño, la cohesión social de su pueblo se desmorona. De esta manera, el acto de no doblar la rodilla no es mera terquedad individual o “radicalismo toxico” si lo decimos en términos más caribeños, es una medida de protección de la identidad colectiva de la comunidad que representa, situación que tiene un alto costo político por un asunto de supervivencia.

Al trasponer este análisis a la historia política venezolana contemporánea, el dilema entre Mance Rayder y Jon Snow deja de ser una ficción televisiva para convertirse en un retrato fiel de las encrucijadas históricas y nacionales de nuestro país. La política en Venezuela ha gravitado continuamente entre dos pulsiones contrapuestas: el pragmatismo acomodaticio calificado como “colaborador-cómplice” y la resistencia intransigente calificada como” terco radicalismo”.

En diversos momentos de crisis política, a los factores de oposición e instituciones de la sociedad civil se le ha presentado el equivalente a la propuesta de Stannis: sumarse al diseño institucional del régimen, firmar acuerdos de coexistencia pacífica o ceder en principios democráticos esenciales a cambio de margen de maniobra, participación electoral o alivio de presiones. Un dilema complejo, una jugada de decisiones y altos costos. Aun así, en política siempre hay que decidir por algo. En el comportamiento de masas la desilusión política no surge necesariamente de la derrota en una batalla sino de la pérdida de referencia moral de quienes la dirigen. Cuando la sociedad percibe que sus referentes ceden ante el marco normativo del adversario, sobreviene la anomia social y el repliegue apático hacia la esfera privada. Esto ya ocurrido en el pasado, algunos dirigentes se “arrodillan”, otros incluso besan la mano, pero a mediano plazo su capital político se diluye con el tiempo, dejan de ser una referencia dentro de la cosmovisión de “lucha” y pasan a ser actores pasivos de reparto dentro del sistema, simples avatares, barajitas o memes que circulan por las redes sociales. 

El intercambio analizado en Game of Thrones nos deja una lección crucial sobre los límites del pragmatismo. En la praxis política, el pragmatismo sin principios degenera en mera complicidad y en algunos casos corrupción. Aquí la alacranización se queda pequeña, mientras que el principismo desprovisto de estrategia corre el riesgo de convertirse en martirio infructuoso, un heroísmo insostenible que solo se fundamenta en épicas, frases y entrevistas cargadas de promesas para la audiencia expectante. El reto para la cultura política venezolana consiste en superar este falso dilema reductor.

Para construir un horizonte democrático real, la ciudadanía y sus dirigencias deben entender que la verdadera capitulación ocurre cuando se acepta el lenguaje, las condiciones y los límites éticos impuestos por la hegemonía o por la clase dominante, que comprende mejor esta dinámica de poder. 

Mance Rayder prefirió enfrentar el fuego antes que legitimar con su cabeza un sistema de dominación que aborrecía. El desafío de la Venezuela del presente es comprender que la libertad no se negocia en los términos exactos del poder. Empujar las paredes del escenario político implica negarse a repetir el libreto de la resignación y asumir que la construcción de un nuevo país solo será posible si se preserva la dignidad colectiva como principio no negociable, pero sin que esto represente meter a un país entero en la hoguera.