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EL MIEDO DE OCCIDENTE A LOS CARROS CHINOS Y EL TRISTE ADIÓS AL MITO DEL "LIBRE MERCADO"

Por Redacción SurEconomics ·

EL MIEDO DE OCCIDENTE A LOS CARROS CHINOS Y EL TRISTE ADIÓS AL MITO DEL "LIBRE MERCADO"

Durante más de cuarenta años, los profesores de economía formados en las universidades de la Ivy League, las facultades privadas más elitistas de Estados Unidos, nos repitieron con tono profesoral que la "competencia perfecta" y el "libre mercado" eran dogmas sagrados e intocables.

Nos decían que la mano invisible del capital debía regularlo todo, que el Estado era un pésimo administrador y que las barreras aduaneras debían derribarse para bajar los precios al consumidor. Pero ¡ay del libre mercado cuando los que ganan no son las grandes corporaciones occidentales!

Resulta que los ingenieros de Beijing y Shanghái no perdieron el tiempo en discursos teóricos. Gracias a una planificada estrategia pública apoyada por el Banco Popular de China (PBOC), banco central chino, que inyectó una mega-línea de crédito por 1,20 trillones de yuanes (unos 168.000,00 millones de USD) en semiconductores y almacenamiento energético, el gigante asiático aprendió a fabricar Vehículos Eléctricos de alta tecnología un 40 % más baratos que los producidos por Tesla, Renault o Ford. ¿Y cuál fue la reacción de las "democracias libres" de Occidente ante esta lección de eficiencia? Tirar la teoría del libre mercado a la basura.

Estados Unidos acaba de imponer un arancel punitivo del 100 % a los autos eléctricos chinos, mientras la Unión Europea aprobó barreras del 38 %. La hipocresía proteccionista del Norte Global ha quedado al desnudo: el libre comercio solo era fantástico cuando las multinacionales norteamericanas y europeas vendían sus productos a precios inflados en el Sur Global. En cuanto China demostró que la planificación industrial con inversión estatal y control público puede ganarle al capitalismo especulativo, los países desarrollados levantaron muros comerciales. La lección para el mundo es clara: el libre mercado puro es un cuento para ingenuos; los países que prosperan son los que planifican y defienden su producción nacional.

En esta disputa, nuestra región se encuentra en la primerísima línea del frente geopolítico. Al cerrar Washington y Bruselas sus puertos a los autos eléctricos chinos, las marcas del gigante asiático dirigen toda su artillería comercial hacia los mercados emergentes de América Latina. Países como Brasil, México, Chile, Colombia y Perú se ven inundados por vehículos chinos de última generación a precios sumamente competitivos, lo que democratiza el acceso a la movilidad eléctrica limpia para la clase media y el transporte público urbano. Sin embargo, el riesgo latente es caer de nuevo en una posición de subordinación: mientras le compramos a China la tecnología terminada, Beijing nos exige un suministro gigantesco e ininterrumpido de cobre chileno y peruano, así como de litio argentino y boliviano. La implicación clave es que América Latina no debe limitarse a ser la cancha de juego donde China vende autos y extrae minerales; nuestros gobiernos deben exigirles a las firmas chinas que instalen plantas de ensamblaje, fabricación de baterías y centros de investigación tecnológica en suelo latinoamericano, utilizando esta competencia global para industrializar nuestra propia economía.