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EL SUICIDIO ENERGÉTICO EUROPEO: LA BUROCRACIA DE BRUSELAS SE QUEDÓ EN LA EDAD DE PIEDRA

Hay decisiones políticas que rozan el absurdo, pero lo que acaba de hacer la burocracia de la Unión Europea merece un premio de honor a la torpeza macroeconómica. En un ataque de entusiasmo geopolítico, Bruselas decidió cerrar el grifo del gas barato importado por tuberías desde el este y sustituirlo por Gas Natural Licuado (GNL) traído en barcos desde Texas a un precio descabellado: un 160,00 % más caro que la tarifa tradicional.
¿El resultado directo de semejante genialidad? Una hecatombe industrial sin precedentes.
Gigantes industriales icónicos que durante más de un siglo fueron el orgullo de la tecnología europea, como la firma química BASF o la automotriz Volkswagen, están cerrando plantas históricas en Alemania para abrir filiales en China y Estados Unidos, donde los insumos energéticos cuestan una fracción.
Eurostat, oficina central de estadística europea, acaba de confirmar que el PIB de la Eurozona creció apenas un anémico 0,20 % durante el segundo trimestre de 2026. Al mismo tiempo, el índice PMI (Índice de Compras Industriales,) se hundió en Alemania a 42,10 puntos (menos de 50 puntos se considera contracción), acumulando 14 meses de agonía en zona de recesión.
Lo mencionado es un chiste de mal gusto: los tecnócratas de la Comisión Europea pretenden financiar la transición ecológica castigando el bolsillo de la clase trabajadora con impuestos al carbono, mientras las multinacionales se van de Europa buscando energía barata. Al perder acceso a combustibles asequibles y subordinar su diplomacia comercial a las órdenes de Washington, Europa destruyó la competitividad de sus fábricas y los salarios de sus obreros. Pretender competir en el siglo XXI aplicando austeridad fiscal y comprando energía inflada es un suicidio económico anunciado. Sin soberanía energética ni industria nacional, el viejo continente camina a pasos agigantados hacia una posición irrelevante en el mapa económico mundial.
La trampa es doble para América Latina. Por un lado, una Europa acorralada y sin crecimiento industrial reduce drásticamente su demanda de materias primas y manufacturas procesadas provenientes de Suramérica, lo que golpea de lleno el volumen exportador de países como Brasil, Uruguay, Colombia y Argentina. Por otro lado, desesperados por proteger a su golpeado sector agrícola interno, los gobiernos europeos (con Francia a la cabeza) intensifican el uso de barreras proteccionistas disfrazadas de "exigencias ambientales". Las supuestas normas de deforestación y huella de carbono impuestas desde Bruselas no son más que un mecanismo para bloquear las exportaciones latinoamericanas de carne, soya, café y cacao. Además, al encarecerse la energía en Europa, las importaciones de maquinaria pesada y fertilizantes que nuestros agricultores compran a firmas europeas se han vuelto inaccesibles, sofocando la producción agrícola regional. Mientras Europa se ahoga en su propia crisis energética, pretende transferirle las pérdidas al campo latinoamericano.