Artículos

¡Francia encendida por falta de maestros!

Por Oscar Doval ·

¡Francia encendida por falta de maestros!

Francia amaneció hoy sábado con casi un mes de marchas, barricadas y gases lacrimógenos. Los detonantes son bastante cotidianos: combustibles caros y gente cansada de que el salario no les alcance, escuelas deterioradas y escasez de docentes.

Las protestas comenzaron el 18 de septiembre en liceos de los sectores populares del norte de París. Estudiantes que reclamaban profesores e instalaciones dignas terminaron impulsando un movimiento nacional contra el costo de vida, la desigualdad y el deterioro de los servicios públicos. 

Además de las múltiples manifestaciones, también hubo ataques contra policías, medios, edificios públicos y daños en la alcaldía de Marsella. Ninguna causa social convierte la violencia indiscriminada en argumento político: destruir una escuela, una estación o un comercio de barrio perjudica precisamente a los mismos protestantes.

Pero tampoco puede normalizarse la respuesta estatal. La Policía utilizó gases lacrimógenos y se investigan al menos 24 denuncias de violencia policial. Un adolescente perdió una mano tras recoger una granada aturdidora. El Gobierno, por su parte, informó que más de 900 agentes habían resultado heridos durante las protestas estudiantiles. 

La ironía es dolorosa: faltan recursos para docentes y escuelas, pero nunca parecen faltar cascos, escudos y gases cuando llegan las protestas. El Estado puede tardar meses en reparar un baño escolar, aunque despliega una operación policial en horas. Extraña eficiencia administrativa.

Francia también enfrenta costos de endeudamiento público en su nivel más alto en más de 20 años. Eso limita el uso del presupuesto para el bien público, pero no se escatima en fuerzas públicas de seguridad. Cuando una escuela pierde maestros, un hospital carece de insumos o el transporte consume buena parte del salario, la desigualdad deja de ser una estadística y se convierte en una experiencia diaria.

Los gobiernos suelen pedir calma cuando la ciudadanía lleva años pidiendo respuestas. Tal vez la calma sería más fácil si las aulas tuvieran profesores, los salarios alcanzaran y la dignidad no apareciera únicamente en los discursos. Cuando el poder escucha tarde, hasta una libreta escolar puede terminar convertida en pancarta.