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Francia, entre el toque de queda y la pregunta por las causas
Tras una ola de violencia, el Gobierno francés decreta toques de queda y medidas de crisis ante los disturbios, mientras los tribunales aplican las primeras condenas: ¿por qué un movimiento que empezó en los liceos terminó en saqueos?

Una noche tranquila, bajo restricciones
Francia vivió una noche del lunes al martes relativamente tranquila, por primera vez desde el sábado. En París, el toque de queda rigió de 23:00 a 6:00 en la plaza de la République. También hubo restricciones en Lyon, Niza y en zonas del norte del país. En partes de París y del centro de Lyon se prohibieron las manifestaciones.
El primer ministro Lecornu atribuyó la calma a estas medidas y anunció que los prefectos, junto con los alcaldes, decidirán esta noche si se amplían. Según el Gobierno, más de 3.000 comercios fueron dañados durante los disturbios. El ministro de Economía, Roland Lescure, prometió ayudas para que comerciantes puedan reabrir pronto.
La justicia ya actúa. El lunes hubo primeras condenas a prisión y a trabajos comunitarios en juicios rápidos en París, Toulouse y Bobigny, y hoy continúan las vistas por los casos más graves. El Gobierno también pidió a plataformas como Vinted, Amazon y eBay que retiren anuncios de productos robados durante los saqueos.
En Marsella, el sábado empezó como una protesta más. Cientos de personas, en su mayoría jóvenes, se concentraron en el puerto con pancartas contra el costo de la vida y el estado de las escuelas. Pasadas las 2 de la tarde, la policía comenzó a dispersar la concentración con gas lacrimógeno. Algunos manifestantes devolvieron los botes hacia los agentes.
La confusión y las revueltas dejaron otras imágenes del centro de la ciudad a como lucía en horas de la mañana. Grupos de hombres encapuchados rompían escaparates y se llevaban ropa, calzado, computadoras y teléfonos, en muchos casos en patines eléctricos, mientras la policía se limitaba en gran medida a dispersar a los saqueadores y a intentar despejar las calles. Las alarmas antirrobo sonaron hasta entrada la madrugada. Según el Ministerio del Interior, en Marsella hubo además intrusiones en el ayuntamiento y un intento de asalto a una comisaría así como daños a estaciones del transporte público.
El desarrollo de las protestas
El movimiento nació el 18 de septiembre en un liceo de Créteil, en la periferia de París. Los alumnos denunciaban edificios deteriorados, aulas saturadas y falta de profesores. En pocas semanas, cientos de centros estaban bloqueados. A esa protesta se sumó un llamado difundido en redes contra el precio de la gasolina y el costo de vida, que reactivó a antiguos miembros del movimiento gilets jaunes, responsables de las protestas contra el gobierno de Macron en 2017, así como sindicatos, funcionarios y agricultores.
El 17 de octubre salieron a la calle entre 550.000 y 800.000 personas, según fuentes del gobierno. Se contabilizaron unos 2.400 detenidos y casi mil policías y miembros de la guardia nacional heridos.
El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, atribuye la violencia a agrupaciones y movimientos de la ultraizquierda. Entre los detenidos, las autoridades describen dos perfiles: jóvenes de barrios desfavorecidos y militantes radicales. Según Darmanin, el 95 % son hombres.
La crítica no se dirige solo a los alborotadores. Durante las semanas de protesta estudiantil, varios menores de edad resultaron gravemente heridos en intervenciones policiales. El caso más grave fue el de un alumno de 15 años que perdió una mano en Lens por una granada aturdidora. La Inspección General de la Policía abrió al menos 18 investigaciones, y el ministro del Interior, Laurent Nuñez, suspendió el uso de esas granadas contra los liceos.
El contraste alimenta el debate. El Estado tarda meses en reparar escuelas, pero moviliza miles de agentes en horas.
Presión política a seis meses de las elecciones
Nuñez reconoció que la policía perdió el control en algunos momentos y ofreció su dimisión. Macron la rechazó. Lecornu inicia hoy una serie de reuniones de crisis, empezando por las grandes redes sociales. El miércoles recibirá a los sindicatos y el jueves a los partidos políticos. Marine Le Pen y Jordan Bardella de la extrema derecha ya anunciaron que no asistirán.
La crisis llega en un momento decisivo. A unos seis meses de las presidenciales, el país se polariza hacia los extremos. El Rassemblement National de Le Pen y Bardella promete mano dura, ley y orden y una política migratoria restrictiva. La France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon propone romper con el modelo liberal: más justicia social, reformas constitucionales y más impuestos a los más ricos. Ambos partidos se acusan mutuamente de alimentar la violencia con la mirada puesta en 2027.
La próxima prueba será el sábado 24 de octubre, cuando hay convocada una nueva jornada de protesta.
El Gobierno se apresura a señalar a la ultraizquierda. Puede que militantes organizados estén detrás de algunos ataques, como el del ayuntamiento de Limoges. Pero lo que vi en Marsella no se parecía a un bloque ideológico. Eran sobre todo hombres jóvenes, con el rostro cubierto, que se movían en grupos y parecían conocer bien el centro. Varios comercios de muchas zonas, especialmente aquellos administrados por personas con antecedentes migratorios, quedaron intactos mientras las tiendas de marca caían una tras otra. No saqueaban como quien protesta, sino como quien aprovecha.
Las cifras oficiales apuntan en la misma dirección: casi todos los detenidos son hombres, y muchos vienen de barrios periféricos desfavorecidos. Ahí está la pregunta incómoda. Francia lleva décadas sin integrar de verdad a buena parte de sus banlieues, donde viven muchos hijos y nietos de inmigrantes. Hay jóvenes que no se sienten parte de la quinta República y que, cuando el orden se resquebraja, sienten que no tienen nada que perder. Si lo que falló es la política migratoria, la de integración o ambas, es un debate que Francia necesita tener. Callarlo solo deja el tema en manos de la extrema derecha.
Dudo que quienes saquearon el sábado tuvieran algo que ver con las protestas por la educación. Ese es quizá el mayor daño: los saqueos desacreditaron semanas de esfuerzo de los estudiantes. La paradoja es que muchos de los liceos donde empezó la protesta están en esas mismas periferias.