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LA CASA VACÍA Y EL OLOR A AREPA: SAUDADE, MEMORIA Y POLÍTICA EN VENEZUELA

Por Pablo Quintero ·

LA CASA VACÍA Y EL OLOR A AREPA: SAUDADE, MEMORIA Y POLÍTICA EN VENEZUELA

En miles de casas venezolanas hay un cuarto que se quedó igual. La cama tendida, un afiche en la pared, la ropa que no cupo en la maleta. Los padres pasan frente a esa puerta todos los días y sienten algo difícil de explicar: el cuarto está ahí, pero la vida que lo llenaba se fue a Bogotá, a Madrid o a Santiago. Ese vacío que pesa tiene nombre: kenopsia, la inquietud que producen los lugares que antes estaban llenos de gente.

Mientras tanto, del otro lado del mapa, alguien pasa frente a una panadería, huele un cachito recién horneado o escucha una gaita en diciembre y de golpe está otra vez en la esquina de su casa o urbanización. No lo buscó; el recuerdo lo encontró a él. Es el momento proustiano, bautizado así por la famosa magdalena de Marcel Proust. Venezuela vive hoy entre esas dos experiencias: la casa vacía de adentro y el recuerdo que asalta afuera y en medio de ambas ha crecido un sentimiento que los portugueses llaman “saudade”.

Un país con el corazón en dos lugares

La saudade es más que tristeza. Es el anhelo de un bienestar que se tuvo y ya no está. En Venezuela dejó de ser algo individual para convertirse en un estado de ánimo colectivo, alimentado por la hiperinflación, la crisis humanitaria y un éxodo de más de siete millones de personas. Pocos países han visto partir a tanta gente en tan poco tiempo, y eso deja huella en la forma en que recordamos y sentimos.

Lo que hace el cerebro con el pasado

La psicología tiene una explicación para por qué el pasado casi siempre parece mejor. Se llama positividad retrospectiva: con el tiempo, nuestra memoria suaviza lo malo y destaca lo bueno. Recordamos el viaje a Morrocoy, pero no tanto la cola, el calor o la desigualdad que ya existía. La memoria no es un archivo fiel; es un editor que trabaja a nuestro favor.

Esto no es algo negativo en sí mismo. Las investigaciones sobre nostalgia muestran que, en momentos de incertidumbre o soledad, recordar tiempos felices nos da sentido, nos conecta con otros y nos recuerda quiénes somos. Para un pueblo golpeado, la nostalgia funciona como un abrazo. El problema empieza cuando alguien descubre que ese abrazo también puede usarse como herramienta.

Cuando la nostalgia se sube a la tarima

La comunicación política de masas lo sabe desde hace mucho: la gente no decide solo con datos, decide con emociones. Una campaña no vende un programa económico; vende una sensación. Y en Venezuela, ninguna sensación mueve tanto como la del país que fuimos.

Desde la oposición, el relato de “la Venezuela de antes” evoca un país próspero, que recibía inmigrantes y donde el sueldo alcanzaba para vivir y viajar. La promesa no suele ser un futuro nuevo, sino un regreso a casa. Desde el oficialismo, la nostalgia apunta a otro lado: al mito fundador de Hugo Chávez y a la bonanza de los primeros años del siglo. Los conciertos masivos y las burbujas de consumo reactivan la memoria de los “buenos tiempos” y ofrecen una sensación de normalidad.

Son dos bandos disputándose lo mismo: la propiedad del recuerdo. A eso se suman las redes sociales. Una foto de Caracas en los años setenta o un video de un bodegón lleno se comparten miles de veces, porque los algoritmos aman lo que nos emociona. La nostalgia se ha vuelto contenido viral, y el contenido viral se ha vuelto mensaje político.

El riesgo de vivir mirando por el retrovisor

La ensayista Svetlana Boym distinguía dos nostalgias. La restauradora quiere reconstruir el pasado tal como fue, y para lograrlo lo idealiza. La reflexiva acepta que el pasado no vuelve y lo usa para entender el presente. La primera es la que más se usa en tarima, y es la más peligrosa.

¿Por qué? Porque ningún país puede calcar su pasado. Porque idealizar la democracia del siglo XX o la bonanza petrolera oculta los errores que nos trajeron hasta aquí. Y porque un sentimiento no se puede auditar: se puede prometer el regreso de una época sin explicar nunca cómo. Un pueblo muy triste es también un pueblo fácil de conmover, y conmover no es lo mismo que convencer.

Hacia una nostalgia que construya

Nada de esto significa que debamos dejar de extrañar. La saudade es, en el fondo, un cordón que mantiene unida nuestra identidad en medio del naufragio. Mientras recordemos que alguna vez vivimos mejor, sabremos que es posible y tendremos algo que exigir.

La clave está en cambiar la pregunta. En lugar de «¿cuándo volvemos a ser lo que éramos?», preguntarnos «¿qué de aquello vale la pena y cómo lo hacemos distinto?». La kenopsia de ese cuarto vacío no nos pide pintarlo igual que antes. Nos pide volver a llenarlo de vida.

Que nos queden la arepa, la gaita y el Ávila. Pero la próxima vez que un político nos hable del pasado, hagamos lo más saludable que puede hacer un pueblo nostálgico: preguntarle por el futuro.