Editorial
DELCY Y TRUMP ABRAZADOS EN LA ONU

A los analistas de la derecha conservadora de Miami y Madrid se les debe haber atragantado el café cuando se enteraron de la noticia...
En los pasillos de la Asamblea General de la ONU, esta semana presenciaremos un espectáculo de contorsionismo diplomático digno del Cirque du Soleil: delegados de Estados Unidos y de la rancia Europa haciendo fila para estrecharle la mano a la presidenta venezolana, Delcy Rodríguez. Sí, a la misma que hasta ayer en sus discursos era la mismísima “demonia antidemócrata” venezolana.
¿Qué cambió? ¿Se volvieron de pronto en Washington devotos del bolivarianismo?
Para nada. Bienvenidos a la nueva era de la diplomacia pragmática, un concepto muy elegante y aséptico para decir que, cuando la soga aprieta en el mercado energético global los supuestos principios "democráticos" del Norte Global se venden al mejor postor.
En medio de este nuevo idilio petrolero entre Estados Unidos y Venezuela, la estrategia de la oposición radical venezolana ha quedado fuera de juego. Figuras como María Corina Machado, Leopoldo López y Julio Borges invirtieron años de capital político recorriendo los pasillos de Washington, abogando por un cerco financiero absoluto y coqueteando abiertamente con la idea de una intervención militar norteamericana como única vía para la transición política. Lograron las sanciones, sí, pero el desenlace estuvo muy lejos del prometido. Cuando el mercado global del crudo tembló, la Casa Blanca dejó claro que en la realpolitik no hay amigos, solo intereses financieros.
La rápida exclusión de los líderes opositores de la nueva ecuación diplomática deja una lección contundente sobre cómo opera el tablero económico y político mundial: al final del día, a las grandes potencias les interesa más el flujo de barriles y la plata que las promesas de lealtad ideológica.
Durante años los gringos nos impusieron el cuento de la "máxima presión" como la cura para los males de Venezuela. Una receta que dejó pérdidas en más de 232 mil millones de dólares por las sanciones, destruyendo el poder adquisitivo de millones de venezolanos e implosionando los servicios públicos. Ahora, resulta que los 300.300.000.000 de barriles de reservas probadas de petróleo venezolano lucen mucho más atractivos para el capital occidental que sostener el aislamiento político.
Este apretón de manos en la ONU entre Delcy Rodríguez y los grandes líderes políticos occidentales no es un premio a la virtud política; es la confesión abierta del fracaso del intervencionismo estadounidense. Los norteamericanos se dieron cuenta de que aislar a Venezuela como país clave en la matriz energética mundial es “un tiro en el pie” que sus propias corporaciones ya no están dispuestas a tolerar. La chequera, como siempre, mató al discurso.
Desde una perspectiva verdaderamente progresista, no podemos ser ilusos. La reinserción de Venezuela en el ajedrez económico global, impulsada por este pragmatismo transaccional, trae consigo el enorme peligro del extractivismo voraz.
El gran reto en esta etapa no es simplemente celebrar que nos inviten a los venezolanos de nuevo a participar en los mercados, sino garantizar que esta apertura no termine hipotecando la soberanía del país.
Es momento de que juguemos con inteligencia, cobrar a full precio el crudo y exigir que esa riqueza se traduzca en reindustrialización, salarios dignos y desarrollo nacional. De lo contrario, este abrazo en la ONU entre Delcy y Trump no será el inicio de la prosperidad popular, sino la simple firma de un nuevo contrato neocolonial.