Editorial
EL PETRÓLEO NO LLEGA A LA MESA DE LOS VENEZOLANOS

Cuando escuchamos las noticias sobre Venezuela en el mundo parece que se refieren a dos países distintos...
Por un lado, los titulares internacionales nos hablan de una Venezuela que empieza a despertar del letargo económico: empresas multinacionales retomando operaciones de hidrocarburos con un aumento palpable en la producción petrolera y proyecciones de crecimiento económico.
Pero cuando salimos a la calle o vamos al supermercado, la realidad es otra. El venezolano de a pie se pregunta: ¿Dónde está ese dinero que supuestamente está entrando al país? ¿Por qué si Venezuela está ingresando más plata, a mí me alcanza para menos?
Estas preguntas son dolorosamente reales. La respuesta yace en las brechas enormes que existen entre los grandes números de la economía nacional (la macroeconomía) y el bolsillo de cada ciudadano (la microeconomía).
Para entender cuándo esa riqueza volverá a sentirse en nuestros hogares, necesitamos mirar los números nacionales al desnudo y sin adornos.
El espejismo del petróleo
Es cierto, la producción petrolera ha mejorado. De hecho, ya este año superamos la producción de 1,2 millones de barriles diarios, lo que está por encima de las estimaciones iniciales de PDVSA. Tras años de declive en la producción petrolera, lo mencionado es un gran logro que ha sido impulsado por la flexibilización de sanciones y la entrada de nuevos actores en las operaciones petroleras del país. Sin embargo, todavía estamos muy lejos de los más de 3 millones que producíamos a finales de los 90.
El problema es que el aumento de ingresos por exportaciones petroleras no va directamente a mejorar escuelas o subir salarios, ya que el país arrastra enormes compromisos financieros.
Recuperar la industria de hidrocarburos a niveles apreciables (superar los 2 millones de barriles, por ejemplo) requeriría inversiones cercanas a los 100.000 millones de dólares en una década. Además, arreglar el Sistema Eléctrico Nacional (vital para recuperar la producción nacional) demandaría inversiones mayores de 20.000 millones de dólares. Gran parte del dinero que entra al país se necesita para reinvertir en la propia industria petrolera y en los servicios públicos básicos que están en ruinas.
Por otra parte, de los 35.000 millones de dólares que se estima ingresarán este año por exportaciones petroleras venezolanas a los EE. UU. (el doble que en 2025), se calcula que no menos de unos 13.000 millones permanecen en cuentas del Departamento del Tesoro estadounidense. Esto ocurre por dos razones: la primera tiene que ver con las dificultades operativas para hacer transferencias al Banco Central de Venezuela, que todavía permanece aislado del sistema financiero internacional por falta de corresponsalía bancaria. La segunda razón es que el gobierno de Trump, en su afán de control político, todavía no quiere darnos a los venezolanos el acceso al dinero que auténticamente nos pertenece.
El ladrón silencioso de nuestro salario
Mientras las grandes cifras de dinero bailan sobre los escritorios de los ricos, de los gringos y del gobierno, en la calle, el verdadero enemigo de la gente es la inflación.
En septiembre, el Banco Central reportó una inflación anualizada del 465 %. Solo en ese mes, los precios subieron un 8,4 %. Además, el bolívar sigue perdiendo valor a un ritmo alarmante frente al dólar. Empezamos el 2026 cerca de los 300 bolívares por dólar y a finales de septiembre ya había superado los 850. Como nuestra economía está altamente dolarizada en la práctica, esta devaluación se traduce inmediatamente en precios más altos para casi todo.
Cuando los sueldos en bolívares se quedan estáticos frente a esta devaluación, el poder adquisitivo desaparece. Puedes ganar más bolívares que hace cinco años, pero compras un tercio de lo que comprabas antes.
Un golpe de la naturaleza
A este panorama económico complejo, se sumó una tragedia innegable. El doble terremoto de junio de 2026, que azotó principalmente el norte del país (La Guaira, Caracas, Carabobo), no solo dejó miles de víctimas y dolor, sino que supuso para el país un revés económico brutal.
Se estima que el costo total de los daños y la pérdida de producción podría alcanzar entre 10.500 y 12.200 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a un décimo del PIB nacional. Ante esto, diferentes firmas de análisis económico tuvieron que recortar drásticamente sus previsiones de crecimiento económico para 2026, pasándolas de un estimado cercano al 8 % a un 6 %.
El gobierno y el sector privado han tenido que desviar recursos (que debían ir a inversión productiva o servicios públicos) hacia la reconstrucción de infraestructura, viviendas y hospitales.
¿Cuándo sentiremos la mejora económica?
Los tiempos en economía son frustrantemente lentos, y en política, aún más. No hay soluciones mágicas de un día para otro. Para que el crecimiento que estamos viendo hoy se traduzca en una mejor calidad de vida (mejores salarios, hospitales funcionales, servicios públicos estables) se necesitan varios factores:
· Inversión sostenida y masiva: no bastan un par de empresas. Necesitamos miles de millones de dólares en infraestructura eléctrica, agua, educación y salud.
· Estabilidad institucional: Las inversiones extranjeras necesitan seguridad jurídica. Un país en constante crisis política espanta el capital de largo plazo.
· Control real de la inflación: Esto requiere disciplina fiscal, dejar de imprimir dinero inorgánico y recuperar la confianza en la moneda nacional.
La estabilización plena de Venezuela dependerá de factores tanto económicos como políticos. Un marco institucional sólido, donde existan procesos democráticos transparentes, es fundamental para generar la confianza que los mercados internacionales y los inversionistas exigen. La certidumbre política y la voluntad de los EE. UU. es la piedra angular para que el alivio de las sanciones se convierta en una política permanente y no en una concesión temporal.
Si las cosas se hacen bien y las inversiones logran materializarse y sostenerse, los economistas proyectan que el venezolano promedio podría empezar a sentir un alivio real en su capacidad de compra hacia el 2028 o 2029. Pero esto no es automático. Requiere no solo de mejores números en una hoja de cálculo, sino de una gestión enfocada en el bienestar social y no solo en la supervivencia política.
La riqueza que se genera en Venezuela debe dejar de ser un número en las noticias para convertirse en pan sobre la mesa, medicinas en los hospitales y un futuro viable para quienes decidimos quedarnos y reconstruir.