Editorial
El venezolano es un gran comprador, desde el “Mayami Nuestro” hasta nuestros días.

En el imaginario social del siglo XX, Venezuela ocupó un lugar insular en América Latina: el de una nación próspera y flotante sobre un océano de petróleo. Esta condición no solo reconfiguró la macroeconomía del país, sino que moldeó profundamente la psicología colectiva, los hábitos de vida y las aspiraciones de sus ciudadanos. En este contexto, la cinematografía documental venezolana encontró en Carlos Oteyza a uno de sus analistas más agudos. Publicado en 1981, su mediometraje “Mayami Nuestro” captura la bisagra histórica entre la opulencia del boom petrolero y la inminente fractura económica del «Viernes Negro» (1983)
La renta petrolera transformó el consumo en la piedra angular de la identidad moderna venezolana. A través de la mirada crítica de Oteyza, se analiza la fascinación por el modelo de vida estadounidense, el “American Way of Life”, la adopción del viaje como ritual de estatus y la consolidación de la capacidad de adquisición. La emergencia del Estado rentista venezolano alteró de forma estructural la relación entre esfuerzo productivo y recompensa económica. A diferencia de las sociedades industriales donde la riqueza se vincula al trabajo y la producción de bienes, en Venezuela la riqueza provino de la captura y distribución de la renta petrolera internacional. Este fenómeno impregnó la cultura popular de una noción de riqueza "inagotable", favoreciendo la sobrevaloración del bolívar y abriendo las puertas a una economía fuertemente importadora.
El petróleo funcionó como una ilusión que desconectó la realidad económica del país de sus dinámicas productivas internas. El consumo masivo no era percibido como un privilegio esporádico, sino como un derecho inherente a la condición de "país rico". La abundancia de divisas propició que las aspiraciones de la clase media y trabajadora se reorientaran rápidamente hacia el consumo suntuario y la adquisición continua de bienes y servicios importados.
El auge comercial de fines de los años 70 y principios de los 80 dio origen a un fenómeno sociocultural condensado en la célebre frase popularizada durante la época: “Está barato, dame dos”. Esta expresión trasciende la mera anécdota y se convierte en el indicador de una conducta compulsiva de compra alimentada por el sobreprecio artificial del bolívar y la sobreoferta de bienes extranjeros. En Mayami Nuestro, Carlos Oteyza expone cómo la ciudad de Miami dejó de ser simplemente un destino geográfico para convertirse en un apéndice cultural e ideológico de Caracas. El documental muestra con crudeza e ironía a familias venezolanas recorriendo centros comerciales estadounidenses, adquiriendo electrodomésticos, maletas repletas de ropa y artículos de lujo.
Esta pulsión por adquirir respondió a diversas razones socioculturales: Estatus Social: Poseer productos "traídos del norte" o exhibir marcas estadounidenses otorgaba una validación inmediata frente a sus pares. Influencia Neocolonial Cultural: La penetración del cine, la televisión y la publicidad norteamericana construyó un ideal de éxito social estrictamente vinculado a los patrones de consumo occidentales. El Viaje como Rito de Pasaje: El traslado vacacional a Estados Unidos perdió su carácter estival para convertirse en una rutina anual de reabastecimiento personal y ostentación.
La proximidad geográfica y los lazos comerciales entre Venezuela y Estados Unidos consolidaron una dependencia no solo económica, sino aspiracional. El American Way of Life ofreció un catálogo de modernidad pre empaquetada que encajaba con el poder adquisitivo de la era de la "Venezuela Saudita". En su documental, Oteyza refleja que esta fascinación produjo una distorsión en el concepto de modernización. Mientras que las instituciones y la infraestructura nacional mostraban grietas estructurales, el ciudadano promedio medía el progreso del país en función de la disponibilidad de bienes de consumo e innovación tecnológica extranjera. La acumulación de objetos se convirtió en el sustituto de la ciudadanía activa y el desarrollo sustentable.
Mayami Nuestro permanece como un documento fundacional e imprescindible para comprender las paradojas de la sociedad venezolana contemporánea. El trabajo de Carlos Oteyza demuestra que el petróleo no solo financió infraestructuras físicas, sino que moldeó una arquitectura mental donde el consumo se erigió como la principal manifestación de la identidad nacional. Aunque el colapso del modelo rentista transformó radicalmente las condiciones materiales del país, las huellas culturales de aquella época—la aspiración al modelo norteamericano, la valoración del estatus a través de la adquisición y la memoria colectiva del “dame dos” continúan resonando en las dinámicas sociales del venezolano actual.
Cuatro décadas después de este material audiovisual, la relación mental del venezolano con el consumo ha experimentado una metamorfosis compleja pero profundamente arraigada. Tras años de contracción económica, hiperinflación y dinámicas de escasez, el consumo ya no representa la abundancia desbordada del «dame dos», sino una forma de resiliencia social, refugio de valor e intento de restitución de la normalidad cotidiana.
La dolarización de facto y la apertura comercial reciente reencendieron la pulsión por el consumo de bienes importados y servicios occidentales. En la Venezuela actual, la capacidad de adquirir productos norteamericanos o acceder a estandartes del estilo de vida global sigue funcionando como el principal marcador de bienestar y estatus socioeconómico en medio de la brecha de ingresos.Este fenómeno de consumo reactivado cobra una dimensión estratégica a la luz del presente político y de la nueva política exterior de Venezuela hacia Estados Unidos. Tras años de distanciamiento y sanciones diplomáticas, la firma de acuerdos energéticos estratégicos y la flexibilización de licencias por parte del Departamento del Tesoro (OFAC) para la explotación de hidrocarburos e inversión privada marcan un pragmático viraje en las relaciones bilaterales.
Este nuevo marco diplomático y energético evidencia que, pese a los discursos políticos, el eje petróleo-consumo sigue dominando la geopolítica venezolana. El flujo renovado de capitales y licencias destinadas al sector petrolero busca estabilizar los ingresos fiscales y reactivar el comercio, satisfaciendo de nuevo las demandas de una población cuyo patrón cultural de consumo, modelado en la era descrita por Oteyza, nunca desapareció del todo.